lunes, 20 de abril de 2015

Modelos del presente y presente de los modelos


21 de abril, 2015



La Universidad de la República organiza en estos días -del 20 al 23 de abril- Jornadas sobre planeamiento estratégico, información y evaluación, con la participación de universitarios extranjeros y uruguayos.1 A solicitud de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU), la misma universidad también organizó una Pre-jornada centrada en las concepciones que enmarcan la problemática universitaria actual. El tema propuesto por la FEUU fue “Modelo Latinoamericano de Universidad y realidad de las universidades en Latinoamérica: ecos de la reforma europea de Bolonia”. El panel estuvo compuesto por Carlos Ruiz Schneider (Universidad de Chile), Alma Bolón (UdelaR), Judith Sütz (UdelaR), Ricardo Viscardi (Udelar) y Daniel Carbo (ecuatoriano, ex-integrante del Ejecutivo de la OCLAE). La actividad fue presentada por el Rector Roberto Markarián y las exposiciones se sucedieron en el orden que acabamos de presentar. En lo que sigue, la intervención desde el punto de vista de este blog:

Entiendo que el tema que orienta este panel no expresa ninguna filiación teórica o línea de lectura de la problemática universitaria en particular, sino que pone de manifiesto una inquietud compartida, que vincula entre sí distintas miradas al respecto. Desde mi punto de vista esta precisión no es simplemente formal, porque detrás de una preocupación por la situación de la universidad en Latinoamérica, surge la consideración crítica de un tópico que parecía haber abandonado la escena de la discusión universitaria en el Uruguay desde, al menos, inicios de este siglo. Retomado en la discusión que se propone hoy, este tema plantea la cuestión del modelo de universidad. Esta cuestión designa el elemento nodal de toda discusión sobre la universidad, no porque se trate de un título venerable sino, por el contrario, porque se encuentra al presente replanteado por una actualidad que transforma su sentido. En cuanto una consideración de la actualidad exige una puesta a punto del asunto interrogado, también es inevitable reconsiderar la trayectoria de aquello que se mira con nuevos ojos. Es decir, conviene tener presente qué significa “modelo de universidad” al día de hoy, para poner en perspectiva actual un pasado que adquiere, hoy por hoy, otro sentido.

La inquietud que manifiesta el título del evento pone un modelo al tanto de una realidad que le sería propia y contemporánea. Esa realidad es la de las universidades en Latinoamérica. El modelo contrastado con una realidad se presenta asimismo (y a sí mismo) en tanto “Modelo latinoamericano de universidad”. Nos encontramos por lo tanto ante una contradicción situada, o si se quiere anclada, ya que un mismo contexto latinoamericano admite por igual un modelo y una realidad que lo pone en cuestión. El título sugiere, por consiguiente, una lucha entre dos tendencias o fuerzas en pugna: el modelo latinoamericano de universidad y condiciones de realidad de la universidad en Latinoamérica que se vinculan a los ecos de la reforma de Bolonia.

Esa noción de “modelo” como efecto de una pugna que se desarrolla en una misma realidad, está lejos de ser indiferente respecto a la cuestión del modelo (de universidad en particular): es decir, estamos ante un modelo de “modelo”. Existen, en efecto, al menos otras dos acepciones en cotejo respecto a la significación de “modelo de universidad”, o si se quiere, otros dos “modelos de “modelo”, que se evocan por igual si se pregunta por el sentido de “modelo de universidad”: el modelo de la universidad de Berlín y el modelo del Banco Mundial.

Al hablar del “modelo latinoamericano de universidad” estamos hablando de un “modelo” que abre, a inicios del siglo pasado, el último período de la universidad moderna, en cuanto agrega notas singulares al modelo de Berlín y pasa a ser cuestionado severamente a partir del proyecto de los organismos financieros mundiales para la educación y la universidad desde las dos últimas décadas, es decir, a partir de la mundialización económica y la globalización tecnológica, que aúnan sus efectos en un mismo sentido.

Un “modelo latinoamericano de universidad” se refiere ante todo a los antecedentes y consecuencias de la reforma de Córdoba de 1918, integrada en su momento a una modernidad que se encuentra al presente tan interrogada como la Ilustración, el Progreso y el Estado-nación que la acuñan.

Desde el propio título de una obra que co-edita (¿Cómo crear una universidad de rango mundial?) el Banco Mundial nos propone, sin embargo, otro modelo de universidad. Por contraposición al modelo de la Universidad de Berlín y a los que le siguieron, este modelo no se constituye a partir de una fundación nacional, sino que se erige como modelo supranacional, en tanto no supone como condición de posibilidad un pueblo, sino un mercado.

Ningún otro contexto provee al presente, con mayor latitud que el mercado, un rango mundial que permita la conmensurabilidad relativa entre calidades singulares (regionales, nacionales o locales). Conviene considerar para aquilatar la novedad que se introduce, que en la fundación de la Universidad de Berlín se dirimió la discusión planteada entre Scheleimacher y Fichte, zanjada por la posición de Humboldt, en cuanto se trataba de una tensión entre el principio crítico del saber y el anclaje que le es propio en una circunstancia pública.2 Más allá de la mediación que terminó por adoptarse, en los dos casos se trataba de propuestas ancladas en una idiosincracia, una lengua y una tradición que las albergaba. Este devenir de la Idea de la universidad desde un arraigo propio equivalía, desde la perspectiva inicial de la modenidad, al modelo de universidad como tal, ya que en el sentido del idealismo alemán “idea” y “modelo” eran sinónimos,3 o incluso como lo expresó Husserl más tarde: “una idea en sentido kantiano”, es decir, ínsita en la propia experiencia que habilita.

Considerada desde el punto de vista de un “rango mundial” que tome al mercado como referencia, la “Idea de universidad” se conmuta, en tanto inherencia vernácula a un contexto, con la Idea de Universalidad del mercado que atraviesa, asimismo, las distintas configuraciones de sociedad que le son inherentes. Estampada en el valor de cambio que lo expresa, una identificación entre el objeto social (en este caso el saber) y la
mercancía 
(un servicio universitario) determina también en el mercado del conocimiento, un “fetichismo de la mercancía”.4 Cierto “fetichismo de los rankings” cunde entre las universidades5 y se instala por consiguiente de forma no anodina, en cuanto el modelo mercadocrático no tiende a la universalidad a partir de la imperfecta singularidad de un contexto particular (un pueblo, un Estado, una memoria histórica, anclajes propios del idealismo moderno y de la Idea de universidad), sino que pone ante todo en juego una conmensurabilidad internacional del intercambio de valores académicos, que determina por igual efectos dinámicos en cada escena social particular.

La eficacia ideológica de este dispositivo argumental es doble: interviene en el plano de la justificación del poder y también en el plano de la legitimación de la dominación económica. Por un lado perfora la significación representativa de la soberanía, en cuanto el mercado no expresa una soberanía unificadora de la comunidad (ya sea por la vía despótica o democrática), sino que interviene en tanto soporte económico del Cuerpo Social. Reduce, por otro lado, la interacción económica a la conmensurabilidad jurídica entre particulares, entendidos sin otro relieve ciudadano que el interés individual.

La eficacia simbólica que alcanza este planteo proviene del rigor formal que interviene a su favor, en cuanto posibilita, a su vez, la mediación entre condiciones dispares de existencia.6 Las más diversas actividades pueden ser entendidas en tanto “sociales”, en cuanto se considere que toda relación social puede llegar a ser expresada según valores del mercado, aunque se trate de estrategias empresariales que en definitiva corroen el tejido social, o de condicionantes tecnológicas del desarrollo que generan demandas cautivas. Como lo ha señalado de Lagasnerie,7 la fundación argumental neoliberal consiste en la postulación de un cientificismo acervo, que se encuentra en condiciones de modelizar cualquier vínculo social, siempre y cuando se admita expresarlo en términos de equivalencias monetarias. La singularidad de un contexto nacional o regional no es óbice para la implementación de esa conmutación ideológica entre sociedad y mercado, en cuanto una retórica de la equidad ante las reglas deniega, ante todo, la posición relativa de los particulares entre sí. Sometida en esa estrategia a una universalidad que se injerta por igual en los diferentes contextos, la noción de modelo de universidad manifiesta, ante todo, un designio de modelización. Un modelo supeditado al designio de modelización de toda y cualquier realidad, vinculado por mandato estratégico a una realidad particular que convierte en su objeto, constituye el propósito explícito del Banco Mundial con relación a la cuestión “modelo de universidad”:

”(...en los últimos años un número creciente de países ha pedido al Banco Mundial que les ayude a identificar los principales obstáculos que impiden que sus universidades se conviertan en universidades de rango mundial y a diseñar modos de transformarlas en función de lograr ese objetivo. Para satisfacer estas peticiones, el Banco Mundial ha determinado la necesidad de considerar cómo apoyar a las instituciones individuales con su tradicional énfasis en innovaciones y reformas sistémicas. Las experiencias del pasado sugieren que este objetivo puede lograrse por medio de tres tipos de intervenciones complementarias, que se podrían combinar en diversas configuraciones, de acuerdo con las diferentes circunstancias de cada país...)”8

La noción de “modelo de universidad” puede encontrarse subsumida, por lo tanto, bajo el criterio de “diseñar modos de transformarlas” (a las universidades) adoptando, a través del designio de transformación de una realidad “social, nacional, latinoamericana, etc.” vinculada de forma contextual al extramuros universitario, la significación de “modelizar”. En efecto, si le retiramos a la mención de “modelo de universidad” el sentido de modelización de un contexto, la reducimos a una mera condición académica, incapaz de trascender los muros de una institución del saber. Por consiguiente, al entender la noción de “modelo latinoamericano de universidad”, conviene considerar asimismo que una modelización de las universidades en Latinoamérica, igualmente referida al contexto nacional y regional, se encuentra desde ya postulada por organismos financieros vinculados, antes que a un contexto regional o nacional, al propio mercado mundial.

La identificación de agentes económicos en tanto representativos de la consistencia social de la comunidad, en particular en tanto interlocutores de la universidad, por más que aduzcan a su favor relieve productivo y potencial tecnológico, no conduce mecánicamente al fortalecimiento nacional de una base social, sino que traduce tendencialmente ante todo, una sumatoria del mercado mundial.

La diferenciación política ofrece, por otro lado, un resguardo precario ante esa invasividad del mercado mundial en los contextos vernáculos, que constituye una característica mayor de nuestros días y en particular del contexto económico y social del Uruguay.9 En Chile el movimiento estudiantil y universitario logra, en el entorno de 2013-2014, la mayor victoria política que se recuerde contra un proyecto de mundialización económica de la educación nacional. Incluso, este movimiento se traduce en un vector político nacional conllevando, como consecuencia inmediata, el compromiso del gobierno electo en esa coyuntura de restituir la plena gratuidad de la enseñanza. Sin embargo tal propósito se veía, al menos hasta mediados del año pasado, en severas dificultades de implementación, ya que su aplicación imediata -es decir, sin discriminación crítica de un “modelo de universidad”- podría tender a reducir el logro
político estudiantil -la gratuidad de la enseñanza- a una “baucherización” financiera, que por la vía de la implementación bancaria, parecía desacreditar la asignación de los recursos a partir de una significación compartida por la comunidad.
Quizás esas dificultades que provienen de la condición tentacular del mercado en el presente de nuestras sociedades –efecto de la disimulación simbólica, bajo el rótulo “reglas del mercado”, de la disparidad de condiciones de existencia entre particulares - lleva a algunos investigadores latinoamericanos a plantear la cuestión del “modelo de universidad” en un entronque primigenio de la modernidad, para reactivar el sentido de una inspiración del saber que orienta la propia actuación pública. La universidad no es pensada entonces como destino institucional ni menos como configuración estatal, sino como vector de intervención pública, que escenifica un anhelo de emancipación, virtualmente incumplido y por lo tanto, siempre vigente:

“(...tomarse en serio las utopías, los anhelos y los ideales ligados a la Ilustración, es decir, dar a la contingencia y no al destino, la última palabra, y mostrar cómo, en la definición de la universidad moderna, una fantasmagoría o una promesa pueden irrumpir como auténticas fuerzas políticas e históricas, dotadas de causalidad, generadoras de las creencias y los deseos que empujan a los hombres y a sus instituciones a definirse en la realidad histórica”.10

En el sentido que reivindican Naishtat y Aronson, el cumplimiento de la misión universitaria se sitúa en el ámbito de un mandato de la tradición, insumiso por su propia condición constitutiva a todo contexto particular. Esta perspectiva vincula la universidad y su tradición con una significación no finalista de la actuación, que se asocia desde entonces a una acepción “modélica” de la mención “modelo de universidad”. Tal virtud “modélica” interviene en la modulación perentoria del conflicto, incluso extramuros, de la propia sociedad. Esta perspectiva se articula asimismo con la que han desarrollado tanto en el contexto europeo, como con relación a Latinoamérica, autores como Derrida y Vattimo, que han planteado la cuestión universitaria en el núcleo de la problemática actual del vínculo entre saber y poder, por encima incluso de una condición institucional particular.

Nos encontramos entonces con tres significaciones de “modelo de universidad”: la que refiere a los logros del movimiento estudiantil (Córdoba, mayo del 68') en la reivindicación de la universidad como vector de la emancipación social, a través de una profundización de la democracia interna a la institución y de su compromiso con el progreso social, por otro lado la reducción de la misión social de la universidad a la mera eficacia económica de las funciones académicas, en una perspectiva de supeditación del saber a las reglas del mercado mundial, por último la perspectiva de una transformación de la condición modélica de la universidad en el arranque de la modernidad, que la retrae de los aparatos institucionales del poder y la vincula a una potencialidad insumisa de la movilización social.

Esas tres acepciones de la expresión “modelo de universidad” admiten por igual el protagonismo del conocimiento en una proyección estratégica. Esa neutralidad relativa del conocimiento señala a las claras la dificultad que caracteriza a la noción de autonomía desde que se la concibe al margen de la significación política. El rector Guarga recordaba, no hace mucho, que su predecesor, el rector Maggiolo, sostenía que “la autonomía es el conocimiento”. Esta afirmación alcanza plena validez siempre y cuando se piense asimismo la autonomía en tanto vector contingente, es decir, la afirmación de Maggiolo debe leerse en el sentido de una condición pública que se adquiere por medio de la gravitación social del saber. Esta incumbencia connatural al saber moderno en el contexto social, obstaculiza sin embargo su percepción en tanto consecuencia inherente a la propia autonomía del conocimiento, en cuanto todo aquel que lo protagonice pertenece, asimismo, a un contexto marcado por condiciones particulares de existencia. La condición política de la autonomía no proviene, por consiguiente de una aplicación o “injerto” del conocimiento formal en la escena pública -tal como surge de la pespectiva mercadocrática, ni tampoco de una “construcción social del conocimiento” que también interpone una configuración previa. El giro autonómico requiere un anclaje político, en cuanto el enunciador no reconoce autoridad superior al saber, que protagoniza, sin embargo, en tanto comparte con el común una condición pública".

                                                                                                                                                                        

1“Planeamiento Estratégico «para ampliar esa vía férrea que construye la Udelar”, Portal de la Universidad de la República, http://www.universidad.edu.uy/prensa/renderItem/itemId/37130/refererPageId/12

2Lyotard, J-F. (1987) La condición postmoderna, Cátedra, Madrid, p.28.
3Op.cit.p.29.
4Ver respecto al “fetichismo de la mercancía” Marx, K. (1977) Le Capital, Livre premier, Ed. Sociales, Paris, pp.69-70.
5Salmi, J. (2009) El desafío de crear universidades de rango mundial, Banco Mundial-Mayol Ediciones, Colombia, pp.75-76.
6Ricoeur ha señalado que en Kant “el símbolo ayuda a pensar”. Antes que intervenir como expresión pública de un valor, se funda en el acto que Kant asocia con la propia libertad: la elaboración reflexiva del gusto. Kant, I. (2007) Crítica del juicio, Tecnos, Madrid, p.287.
7de Lagasnerie, G. (2012) La dernière leçon de Michel Foucault, Fayard, Paris, p.59.
8Salmi, J. (2009) El desafío de crear universidades de rango mundial, Banco Mundial-Mayol Ediciones, Colombia, p.51.
9“El que tiene la tierra tiene el poder” Comisión Nacional de Fomento Rural (9/04/11) http://www.cnfr.org.uy/prensa_display.php?id=370%20#.VTGlWyF_NBc (acceso el 17/04/15)


10Naishtat, F. Aronson, P. (2008) Genealogías de la universidad contemporánea, Biblos, Buenos Aires, p.13.       

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